El poder de las Palabras; tiranía, amor, aborto, marihuana y una cagada al aire libre.

Palabras, ¿para que las quiero? Puedo usarlas para expresar amor, odio, respeto, desprecio, preocupación, intolerancia, desinterés. Puedo usarlas para engañar, hacer dinero, mentir, jugar, experimentar, soñar, denunciar, difamar; hasta para volar.

Por años, leí muchas palabras empleadas por seres para todas éstas finalidades. He leído conjuntos masivos de palabras escritas por distintas personas, les llaman libros. He leído libros sobre la historia del hombre, historias de hombres, hazañas, cagadas gigantes, política nacional, religiones, metafísica, el movimiento “new age”, deportes, filosofía, ficción, aventuras, mafias, masonería, shows de “stand up”, fútbol uruguayo… Lo bueno es que la práctica, la de la lectura, es la que alimenta la capacidad de uno mismo para discernir. El problema real es que por lo general, lo hacemos mal. Y lo hacemos mal porque nos quedamos con el producto que más nos convence, y lo apostamos en nuestro altar como verdad absoluta, por sobre los productos e ideas que el resto del mundo toma como la suya.

Y así estamos, con respecto a las religiones, los estilos de música, de vestir, de peinar, de vivir, de dormir, de comer, de respirar, de fumar, de beber… y más que nada, en nuestro país y el mundo entero, la política es sembrador de discordia, enfrentamiento y separación al más alto nivel. Ellos, los políticos, son más “inteligentes”, y por lo general más malvados, que vos, que yo y miles de millones de personas de éste mundo. Ellos, saben bien, que “mientras dividas, triunfarás”. Y bien instalados ya tenemos, en nuestro procesador y memoria natural, que alguien debe “perder” algo para uno poder ganar. Y ésto no es así, sí bien las leyes que rigen al universo dan cuenta de la existencia de la polaridad, está mal empleado el creer que se trata de atacar para obtener, matar para ganar. La verdad es que en el proceso de creación, la destrucción es posterior, y el orden natural de las cosas es el encargado de terminar un ciclo en todo lo que existe.

Me sorprende, si es que ya no ha pasado y lo estoy pasando por alto, como no estamos discutiendo hoy en día a nivel nacional la manera de cagar, y votarlo a nivel “democrático”. Vivimos suponiendo que la mayoría siempre tiene la razón, entonces si el 51% de una población determinó cual es la “manera correcta” de cagar (la postura en el inodoro, el aroma del aerosol, la fuerza de la cisterna, la marca del cigarro o la actividad que estés haciendo en tu Tablet), el restante 49% debe someterse a la decisión de los demás. ¡Pero ésto no es nuevo!

La democracia como palabra y definición es un seudónimo de una frase, un concepto, tan famoso que puede encontrarse en cualquier sitio de la Web. La democracia, es mundial mente conocida como “La Tironía de la mayoría”. Citaré breve mente el concepto que mantiene por ejemplo, wikipedia, sobre ésta regla.

La regla de la mayoría en la que se basa la democracia puede producir un efecto negativo conocido como la tiranía de la mayoría. Se refiere a la posibilidad de que en un sistema democrático una mayoría de personas pueden en teoría perjudicar o incluso oprimir a una minoría particular. Esto es negativo desde el punto de vista de la democracia, pues ésta trata de que la ciudadanía como un todo tenga mayor poder.

He aquí algunos ejemplos reales en los cuales una mayoría actúa o actuó en el pasado de forma controvertida contra las preferencias de una minoría en relación a temas específicos:

  • El tratamiento de la sociedad hacia los homosexuales se suele citar en este contexto. Un ejemplo es la criminalización de los homosexuales en Gran Bretaña durante el siglo XIX y parte del XX, siendo famosas las persecuciones a Oscar WildeAlan Turing.
  • La mayoría normalmente obliga a la minoría rica a pagar impuestos sobre la renta cada vez más altos cuanto mayor es su riqueza, que si bien luego se destinan a beneficiar a la sociedad, provocan controversias.
  • Algunos piensan que los consumidores de droga son una minoría oprimida por la mayoría en muchos países, mediante la criminalización del consumo de droga. En muchos países, los presos relacionados con la droga pierden su derecho a votar.
  • La democracia ateniense condenó a Sócrates por impiedad, esto es, por disentir, aunque es objeto de controversia la pertinencia de este hecho de cara a las democracias modernas.
  • En Francia, hay quienes consideran que las actuales prohibiciones sobre la muestra de símbolos religiosos personales en las escuelas públicas es una violación de los derechos de las personas religiosas.
  • En los Estados Unidos:
    • La edad de alistamiento para la guerra de Vietnam fue criticada por ser una opresión hacia una minoría que no tenía derecho a votar, aquellos de 18 a 21 años. Como respuesta a esto, la edad de alistamiento se subió a 19 años y la edad mínima para votar se rebajó. Aunque ya podían votar, aquellas personas sujetas al alistamiento seguían siendo una minoría que podía considerarse oprimida.
    • La distribución de pornografía es ilegal si el material viola ciertos «estándares» de decencia.

Bien sabemos, y siempre supimos, que la mayoría, no siempre tiene la razón. Digo yo, como puede tener razón la “mayoría”, si ni siquiera el 1% de las personas tenemos razón sobre nosotros mismos, tanto a nivel social, como personal, y hasta que espiritual. Claro, podemos tomar decisiones que logren un buen resultado, pero la verdad del universo no se trata del dinero, ni el éxito, ni la fama, ni mucho menos ganar un partido de fútbol, o un reconocimiento en el trabajo.

Pasó no hace muchos días con el tema del aborto legal acá en Uruguay. Se discutió, se polemizó, se presentó, se votó, ¡salió!. Y ahora se están juntando firmas para deshacer lo que se ha hecho. ¿Si todo lo que se hizo, se puede deshacer tan sencillamente, porque hacerlo en absoluto?. El tema que yo cuestiono no es aborto, o no aborto. Es hacer para deshacer, crear para destruir, luchar y votar, todo junto al santísimo y sagrado pedo.

Más allá de lo inviable que yo lo vea en ésta “alta suciedad” en la que vivimos los uruguayos, el proyecto de legalización de la marihuana, ¿de que sirve?. Si todo apunta, a que en caso de hacerse, inmediatamente se generará un movimiento popular para anular todo lo conseguido. Si tengo que hacer una confesión, sería que no soporto la gente que no deja vivir a otra gente. Lamentablemente es una consecuencia de la “tiranía de la mayoría”, o como la llaman la mayoría de nosotros orgullosos ciudadanos, democracia. Creo que el 51% de ninguna población tiene el derecho, de elegir por sobre el DERECHO, de un restante 49 y mucho menos, sobre mí. Soy un nene ya grande, yo sé, lo que es bueno para mí, lo que no, y como tomarlo.

Solía creer en el amor. El amor al prójimo, a los demás, pero por sobre todo, a uno mismo. Porque hay que aprender a valorarse, para valorar la vida misma y también a nuestros iguales. ¡Pero que mentira más grande! Al menos, en éste mundo, y éste país en particular. ¡Nos odiamos!. ¿Porqué no decimos la verdad de una buena vez, y nos sacamos todos la careta? Nos odiamos a una magnitud infinita, imposible de medir. Odiamos levantarnos, trabajar, pagar cuentas, parar a hablar con mucha gente, saludarnos, subir al ómnibus, aceptar lo que el otro piensa, como el otro viste, lo que el otro es. Tenemos miedo. Miedo a lo que piensen los demás, a lo que el otro diga, sienta, haga. Miedo a que nos roben, que nos vendan gato por liebre, que nos seduzcan, que nos hipnoticen, que nos convenzan a vivir la vida de otra manera. Miedo al cambio. A dejar todo por lo que supuesta mente hemos luchado, y vergüenza de admitir, que en verdad, eran ideologías tomadas prestadas de otros, que sí pensaron por sí mismos.

Con mucho más para decir, elijo terminar aquí mi breve conjunto de palabras.

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